|
Era
de esas personas que jamás han tenido enemigo conocido. Nació en
Castellar hace no sé cuantos
años, pero aquel hombre nunca fue gran cosa y nadie dio
importancia a su vida ni se preocupó de recordarla.
Así era Juan. Mi amigo Juan.
De niño, no brillaba precisamente en la escuela.
Su torpeza y su ingenuidad le acarreaban las bromas y chanzas de
los demás niños. Pero él lo aceptaba todo con la sonrisa en los
labios. Una sonrisa que delataba su bondad.
Y era muy devoto del Nazareno.
Debía venirle de familia porque, ya desde muy
niño, nos daba envidia a todos cuando, en Viernes Santo, lo
veíamos pasar con su pequeña túnica. Allí se acababan nuestras
risas y burlas y nos crecía en el interior un tremendo respeto y
una secreta admiración por aquel Juan, compañero sencillo y
humilde. Fueron él mismo y su ejemplo los que hicieron que, poco
a poco, ingresáramos en la Cofradía. Y aquella fila de nazarenos
niños y jóvenes que Juan iniciara un día en solitario, fue
creciendo año tras año.
Juan las pasó moradas para hacer la Primera
Comunión. El pobre párroco se tiraba de los pelos o repasaba
nervioso, una vez tras otra, el largo rosario de botones de su ya
vieja sotana. Pero nada. Nuestro amigo no conseguía repetir al
pie de la letra aquellas oraciones que, indefectiblemente, había
que saber por entonces para recibir la Sagrada Eucaristía. Al
fin, el buen cura, más compasivo que convencido por las razones
que le daba el maestro, accedió a que Juan recibiese a Jesús con
todos sus compañeros.
Entonces, ¿cómo rezaba Juan?
Nos fuimos dando cuenta y, poco a poco, se
convirtió en nuestro secreto: Juan se postraba de rodillas ante
el Nazareno, lo miraba intensamente y decía sólo cuatro palabras
pero, eso sí, con toda su alma:
-¡Señor,
aquí está Juan!
Y era frecuente encontrarlo frente a la verja de
la Capilla. Nadie supo jamás lo que Juan hablaría con su
corazón a Jesús Nazareno durante sus largos ratos de silencio en
aquel lugar. Pero sus amigos conocíamos el saludo y la despedida:
.¡Señor,
aquí está Juan!
Empezaron a transcurrir los años. Nos fuimos
separando. Los estudios, el trabajo, el campo, deshicieron aquella
alegre panda de
chiquillos y jovencitos. Nos volvíamos a ver en vacaciones y
entonces era él, Juan (a algunos había empezado a
tambaleársenos la fe), el que nos recordaba: ¿A que no habéis bajado a ver al Nazareno?
Aquellas tardes, en el silencio penumbroso de la
Capilla, volvíamos a encontrarnos con Él. Y callábamos
respetuosamente para escuchar aquel saludo de Juan, que todos
hacíamos nuestro:
-¡Señor,
aquí está Juan!
Seguimos creciendo. Y llegaron los amores. Juan
conoció a Manolita, linda, pequeña y sencilla, como él. Y tanto
el día en que se prometieron como el de su boda, Juan visitó al
Nazareno. No resulta difícil averiguar lo que dijo, aunque esta
vez añadió algo:
-¡Señor,
aquí está Juan... con la Manolita!
Vinieron los hijos. Los de todos. Y el ejemplo del
incansable Juan seguía prendiendo en el viejo grupo de amigos.
Todos los Viernes Santos nos íbamos encontrando de nuevo a la
puerta de la parroquia. Cada vez más. Cada año más numerosos.
Siempre con nuestra túnica. Volvieron hasta los que habían dicho
que no creían en Dios, que aquello era un folklore
y que jamás vestirían otra vez de morado. ¡Qué abrazos de
camaradería!
Y empezamos a traer a nuestros hijos. Juan,
naturalmente, había sido el primero. Y, tras el antifaz de la
túnica, cuando el trono de Jesús asomaba por la puerta de la
iglesia, no era difícil adivinar la sencilla oración de mi
amigo:
-¡Señor,
aquí está Juan!
Pero todo no iba a ir bien. Una tarde, a Manolita
comenzó a dolerle la cabeza. No duró mucho. Aquel tumor cerebral
contra el que nada pudieron los médicos ni los cuidados de Juan,
le hizo sufrir terrible y resignadamente. Nuestro amigo no dejó
de bajar a la reja del Nazareno a musitar sus penas y su consabida
oración. La única que sabía.
Manolita se fue. Todos vivimos aquel entierro
triste y terrible en una gris tarde de invierno. Dicen que, tras
volver a casa, Juan tomó de la mano a sus dos hijos y,
postrándose ante Jesús, repitió, entre sollozos, aquel saludo:
-¡Señor,
aquí está Juan... ya ves!
Juan tuvo que criar y casar a aquellos dos hijos.
Y bien orgulloso que estaba de ello. Hacía el bien y amó a sus
semejantes. No quedó necesitado, niño, anciano o persona en
apuros que no recibiese su cariño, ayuda o consuelo según sus
fuerzas o posibilidades. Y nunca faltó la visita al Nazareno:
-¡Señor,
aquí está Juan!
Un día, un inoportuno aguacero sorprendió a Juan
en el campo y lo caló hasta los huesos. Al llegar al pueblo, se
sintió mal y se metió en la cama. La pulmonía fue apagando la
vida de Juan como vela de final de procesión.
Su muerte fue una puesta de sol serena y
silenciosa. Aquella noche, mientras lo velábamos, alguien del
grupo, mirando a nuestro estandarte, que presidía la sala,
comentó:
-¿Habrá necesitado Juan su famoso saludo en el
más allá?
Naturalmente, yo no lo vi. Pero tampoco me costó
trabajo imaginarlo:
Traspasado el umbral de la muerte, el alma de Juan
se sintió sola y desamparada. Estaba, desde luego, frente a las
puertas del Cielo. Pero las puertas estaban cerradas.
Juan no sabía qué hacer. Sin embargo, recordó
que sí había algo que podía decir. Y, sin pensarlo mucho,
volvió a recitar su plegaria como tantas veces había hecho en
vida:
-¡Señor, aquí está Juan!
Las puertas del Cielo comenzaron a abrirse
lentamente y una luz vivísima fue inundando a aquel hombre
sencillo, ataviado con su túnica morada.
Y el alma de nuestro amigo hizo su entrada en la
Gloria Eterna de la forma más deseada y envidiada por cualquiera
de nosotros:
De una mano de Nuestro Padre Jesús Nazareno y de
otra, de la Santísima Virgen de Consolación, Juan se dirigió
hacia las puertas del Cielo, que ya se habían abierto totalmente
para él.
Allí
le estaba esperando Manolita.
Baldomero
Patón Galdón, 1991.
|