¡Señor, aquí está Juan!

1.991

Una historia de Castellar

por  Baldomero Patón Galdón

Diciembre de 2000

 

Con estos u otros nombres, Juan y Manolita existieron. Vivieron aquí, en nuestro pueblo Castellar, hace ya años. Probablemente ni se conociesen y, por supuesto, no se casaron el uno con la otra.

Juan, con otro nombre, no tuvo en vida más norma que la fidelidad, la alegría, la sencillez y el servicio y la ayuda a los demás. Y casi puede decirse que murió de amor. A pesar de los años o por causa de ellos, no resistió la ausencia de aquella compañera a la que idolatraba.

Manolita murió joven. Probablemente no tuvo tiempo de conocer la vida ni el amor. Pero quedó entre nosotros su humildad y su cariño.

A los dos los unía, eso sí, su actitud abierta ante los demás y una profunda sencillez de espíritu. Sea -pues- éste, mi pequeño homenaje para ellos, en el recuerdo.

En realidad, el argumento de esta historia no es totalmente mío. La leí hace ya años -muchos- en uno de aquellos viejos libros con los que dábamos los primeros pasos de lectura en la escuela. He hecho mi versión particular y tengo la esperanza de que os guste.

 

...mas poseerán la tierra los humildes,

y gozarán de inmensa paz.

 

Salmos, 37, 11

 

 

          
           

Era de esas personas que jamás han tenido enemigo conocido. Nació en Castellar hace no sé cuantos años, pero aquel hombre nunca fue gran cosa y nadie dio importancia a su vida ni se preocupó de recordarla.

Así era Juan. Mi amigo Juan.

De niño, no brillaba precisamente en la escuela. Su torpeza y su ingenuidad le acarreaban las bromas y chanzas de los demás niños. Pero él lo aceptaba todo con la sonrisa en los labios. Una sonrisa que delataba su bondad.

Y era muy devoto del Nazareno.

Debía venirle de familia porque, ya desde muy niño, nos daba envidia a todos cuando, en Viernes Santo, lo veíamos pasar con su pequeña túnica. Allí se acababan nuestras risas y burlas y nos crecía en el interior un tremendo respeto y una secreta admiración por aquel Juan, compañero sencillo y humilde. Fueron él mismo y su ejemplo los que hicieron que, poco a poco, ingresáramos en la Cofradía. Y aquella fila de nazarenos niños y jóvenes que Juan iniciara un día en solitario, fue creciendo año tras año.

Juan las pasó moradas para hacer la Primera Comunión. El pobre párroco se tiraba de los pelos o repasaba nervioso, una vez tras otra, el largo rosario de botones de su ya vieja sotana. Pero nada. Nuestro amigo no conseguía repetir al pie de la letra aquellas oraciones que, indefectiblemente, había que saber por entonces para recibir la Sagrada Eucaristía. Al fin, el buen cura, más compasivo que convencido por las razones que le daba el maestro, accedió a que Juan recibiese a Jesús con todos sus compañeros.

Entonces, ¿cómo rezaba Juan?

Nos fuimos dando cuenta y, poco a poco, se convirtió en nuestro secreto: Juan se postraba de rodillas ante el Nazareno, lo miraba intensamente y decía sólo cuatro palabras pero, eso sí, con toda su alma:

-¡Señor, aquí está Juan!

Y era frecuente encontrarlo frente a la verja de la Capilla. Nadie supo jamás lo que Juan hablaría con su corazón a Jesús Nazareno durante sus largos ratos de silencio en aquel lugar. Pero sus amigos conocíamos el saludo y la despedida:

.¡Señor, aquí está Juan!

Empezaron a transcurrir los años. Nos fuimos separando. Los estudios, el trabajo, el campo, deshicieron aquella alegre panda de chiquillos y jovencitos. Nos volvíamos a ver en vacaciones y entonces era él, Juan (a algunos había empezado a tambaleársenos la fe), el que nos recordaba: ¿A que no habéis bajado a ver al Nazareno?

Aquellas tardes, en el silencio penumbroso de la Capilla, volvíamos a encontrarnos con Él. Y callábamos respetuosamente para escuchar aquel saludo de Juan, que todos hacíamos nuestro:

-¡Señor, aquí está Juan!

Seguimos creciendo. Y llegaron los amores. Juan conoció a Manolita, linda, pequeña y sencilla, como él. Y tanto el día en que se prometieron como el de su boda, Juan visitó al Nazareno. No resulta difícil averiguar lo que dijo, aunque esta vez añadió algo:

-¡Señor, aquí está Juan... con la Manolita!

Vinieron los hijos. Los de todos. Y el ejemplo del incansable Juan seguía prendiendo en el viejo grupo de amigos. Todos los Viernes Santos nos íbamos encontrando de nuevo a la puerta de la parroquia. Cada vez más. Cada año más numerosos. Siempre con nuestra túnica. Volvieron hasta los que habían dicho que no creían en Dios, que aquello era un folklore y que jamás vestirían otra vez de morado. ¡Qué abrazos de camaradería!

Y empezamos a traer a nuestros hijos. Juan, naturalmente, había sido el primero. Y, tras el antifaz de la túnica, cuando el trono de Jesús asomaba por la puerta de la iglesia, no era difícil adivinar la sencilla oración de mi amigo:

-¡Señor, aquí está Juan!

Pero todo no iba a ir bien. Una tarde, a Manolita comenzó a dolerle la cabeza. No duró mucho. Aquel tumor cerebral contra el que nada pudieron los médicos ni los cuidados de Juan, le hizo sufrir terrible y resignadamente. Nuestro amigo no dejó de bajar a la reja del Nazareno a musitar sus penas y su consabida oración. La única que sabía.

Manolita se fue. Todos vivimos aquel entierro triste y terrible en una gris tarde de invierno. Dicen que, tras volver a casa, Juan tomó de la mano a sus dos hijos y, postrándose ante Jesús, repitió, entre sollozos, aquel saludo:

-¡Señor, aquí está Juan... ya ves!

Juan tuvo que criar y casar a aquellos dos hijos. Y bien orgulloso que estaba de ello. Hacía el bien y amó a sus semejantes. No quedó necesitado, niño, anciano o persona en apuros que no recibiese su cariño, ayuda o consuelo según sus fuerzas o posibilidades. Y nunca faltó la visita al Nazareno:

-¡Señor, aquí está Juan!

Un día, un inoportuno aguacero sorprendió a Juan en el campo y lo caló hasta los huesos. Al llegar al pueblo, se sintió mal y se metió en la cama. La pulmonía fue apagando la vida de Juan como vela de final de procesión.

Su muerte fue una puesta de sol serena y silenciosa. Aquella noche, mientras lo velábamos, alguien del grupo, mirando a nuestro estandarte, que presidía la sala, comentó:

-¿Habrá necesitado Juan su famoso saludo en el más allá?

Naturalmente, yo no lo vi. Pero tampoco me costó trabajo imaginarlo:

Traspasado el umbral de la muerte, el alma de Juan se sintió sola y desamparada. Estaba, desde luego, frente a las puertas del Cielo. Pero las puertas estaban cerradas.

Juan no sabía qué hacer. Sin embargo, recordó que sí había algo que podía decir. Y, sin pensarlo mucho, volvió a recitar su plegaria como tantas veces había hecho en vida:

-¡Señor, aquí está Juan!

Las puertas del Cielo comenzaron a abrirse lentamente y una luz vivísima fue inundando a aquel hombre sencillo, ataviado con su túnica morada.

Y el alma de nuestro amigo hizo su entrada en la Gloria Eterna de la forma más deseada y envidiada por cualquiera de nosotros:

De una mano de Nuestro Padre Jesús Nazareno y de otra, de la Santísima Virgen de Consolación, Juan se dirigió hacia las puertas del Cielo, que ya se habían abierto totalmente para él.

Allí le estaba esperando Manolita.

 

Baldomero Patón Galdón, 1991.

 

 

  

 

 
 

 

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